La historia de la ginjinha se hunde en un pasado lejano: según la tradición más acreditada, la receta habría nacido de la fantasía de alguien que comenzó a mezclar aguardiente, azúcar y ginja, la particular variedad de guinda que crece en el interior portugués. La leyenda quiere que esa mezcla fuera casi un remedio casero, algo a mitad de camino entre la farmacia y la bodega. Sea verdadera o novelada, poco importa: ese licor encontró enseguida casa en el corazón popular de Lisboa, en los callejones de Rossio y en las plazas donde la gente común se detenía a hablar, a quejarse, a reír.
No toda la ginjinha es igual, y los lisboetas lo saben bien. El debate principal — casi filosófico — concierne la presencia o no de guindas enteras en el vasito. Pedir "com ela" significa recibir el licor con una guinda que ha reposado en el alcohol durante meses, hinchada y alcohólica, casi un bocado en sí. Pedir "sem ela" es la elección de quien quiere el licor límpido, sin distracciones. Esta pequeña elección cuenta mucho del carácter de quien ordena: los puristas de la ginja la prefieren íntegra, rústica, un poco áspera. Los otros — quizá los románticos — quieren todo junto, fruto y espíritu, dulzura y fuerza.
En algunos locales, la ginjinha se sirve en un pequeño vasito de chocolate negro, pensado para ser comido después de haber bebido. La idea es simple y genial: el chocolate absorbe las últimas gotas de licor, se ablanda ligeramente, y se convierte en un final goloso que prolonga el placer. Es una de esas combinaciones que parecen obvias solo después de haberlas probado. Los turistas la descubren con una expresión de maravilla infantil; los lisboetas la conocen desde hace tiempo y fingen indiferencia, con esa superioridad tranquila de quien habita un lugar magnífico sin jactarse de ello.
La ginjinha no se bebe sentado. O mejor dicho: se puede, pero no es lo mismo. La forma auténtica de consumo es la del mostrador, de pie, en medio de la calle o apoyados en una pared, con el vasito en la mano y alguien al lado con quien intercambiar dos palabras. Es un rito rápido, popular, democrático. No hay distinción de clase frente a esos mostradores minúsculos que se abren como ventanillas en la acera: se paga poco, se bebe rápido, se sigue adelante. En una ciudad que ha vivido siglos de fado y melancolía, la ginjinha representa el momento de pura alegría sin pretensiones, el contrapeso necesario al peso de la saudade.
A unas horas de camino de la capital se encuentra Óbidos, un pueblo medieval que reivindica con orgullo su propia versión de la ginjinha. Aquí la tradición es igualmente arraigada, y la disputa entre quien produce el mejor licor — Lisboa u Óbidos — es una de esas rivalidades cordiales que los portugueses cultivan con ironía sutil. En Óbidos el vasito de chocolate es una presencia casi obligatoria, y el licor tiende a ser ligeramente más dulce, más redondo. Probar ambas versiones en un único viaje es un ejercicio de educación sensorial que ninguna guía podrá enseñar realmente.
Las bebidas más auténticas de una ciudad no se encuentran en los bares de cócteles de moda o en los menús de degustación. Se encuentran en los gestos repetidos durante generaciones, en los hábitos que resisten a las modas y al turismo de masas. La ginjinha es una de esas recetas que parecen no necesitar reinventarse: mismas guindas, mismo aguardiente, mismo ritual del mostrador. En una ciudad que ha atravesado revoluciones, terremotos y transformaciones radicales, esta continuidad tiene algo de conmovedor. Beber un vasito de ginjinha en Lisboa no es hacer de turista: es inclinarse, por un momento, ante la memoria viva de una ciudad que sabe dónde están sus raíces.

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